Capítulo 10 (1)

Agosto 15, 2008

 

-¡Eh! Podrías hablarme o algo… Me aburro. Cuentame algo del mundo. No sé nada desde que me metisteis aquí. ¡Eh!

-Tranquilízate, con insistencia no matarás al monstruo-dijo un salvador a Genyam. El número que este llevaba en la máscara era el catorce, y era altísimo, al menos dos metros. Terminaba de configurar un aspecto feroz un enorme cuerpo musculado y de piel oscura. Su voz era tranquila, pero portentosa.

 

Jóvenes y adultos se acercaban al punto de reunión, allí donde horas antes habían quedado. Se estaban preparando para la acción, aunque todos rezaban, sea cual fuera su dios, para que todo acabase lo antes posible. Pronto estarían unidos, formando una feroz cadena.

 

-Anda, si sabe hablar y todo.

-Intuyo que hacerte la graciosa y la cría evita tu llanto, ¿cierto?

Ambos estaban en la misma habitación. La eliona estaba sentada sobre una silla que, junto a metros de cuerda, la mantenía prisionera. El salvador la miraba con su falso rostro pálido desde una esquina carente de luz, con los brazos cruzados, esperando.

-Sí-concedió Genyam-, ¿qué remedio me queda?

-Luchar.

 

Terminaron de dar las intrucciónes, unos a otros, otros a uno. Tal y como lo habían planeado días antes, cuando de parte de un desconocido recibieron una carta, una carta sobre secuestros y mensajes que solo Blanco entendería.

 

-¿Luchar?-repitió la eterna, dubitativa- ¿Contra ti?

-Contra tus emociones. Controlar tus instintos, tus miedos, tus pasiones… Esa lucha es extremadamente difícil. Si fueramos conscientes de que podemos hacerlo con afán y atino, si cambiaramos nuestro ser a mejor, el mundo no necesitaría gente como nosotros.

<<Si a “como nosotros” te refieres a gente que secuestre y ate a otra gente por motivos desconocidos… Creo que podríamos vivir sin vosotros.>>

 

-¿Contraseña?-preguntó un salvador a otro recién llegado, ya enmascarado, con un trece en su falso rostro.

-Maldita sea… lo acabo de olvidar. ¿Cómo era…? Ayúdame un poco tío.

-No. ¿Contraseña?

 

-Sé lo que piensas, eterna-Continuó el salvador-. No estamos locos. Si estamos aquí es por que creemos en un mundo más puro, mejor, y completo.

-¿Puro? ¿Un mundo como el de los Sagrados?

-¡Nunca! Las palabras de Dios no son recibidas, pero no haremos como él. Las dejaremos entrar para escucharlas, y las dejaremos huir en paz. Ellos han cogido cuchillos y hechizos pretendiendo segar cualquier vestigio de verdad, hasta dejar campos enteros de cenizas.

-¿Entonces?-preguntó Genyam, titubeando. El salvador le daba cada vez más miedo. No por su aspecto, sino por la fiereza y, en el fondo certeza, de sus palabras. Había tomado a estos salvadores como estúpidos niñatos creídos. Se estaba dando cuenta de cuan equivocada estaba. Y no le gustaba.

-¿Cree en su religión?

 

No se dio cuenta el verdadero salvador de que el falso sólo pretendía taparle el campo visual. Por lo tanto, cuando varios eslabones se colocaron en puntos ciegos, el impostor le propinó un puñetazo en el estómago, y otro apareció de repente, le quitó la máscara, y le tapó la boca.

 

-¿En mi religión? Sí, claro, a mí manera pero sí.

-¿Y si todo lo que tienen en común el resto de las religiones fuese cierto? ¿Y si todas tramas de nuestros textos sagrados, considerados con el paso del tiempo falacias de doble no fuesen lo que parecen? ¿Y si la más sencillas de las interpretaciones es la cierta? Tenemos la mala costumbre de alejar de nosotros lo más lógico, y bañarnos en fantasías.


Capítulo 9 (3)

Agosto 14, 2008

 

Con la cartera por delante, entró sigilosamente, dejando atrás lo que parecía otro mundo, otra dimensión. Dentro había mucho más de lo visto hasta entonces. Había sorpresas, había, aunque fuera pecado decirlo, magia…

Si era esa la habitación de la hija, y esta estaba supuestamente secuestrada… ¿quién habría ahí dentro? De todos modos, el resto pensaba que la hija estaba enferma… ¿querría Kilenay armar un conflicto internacional? Mejor no adelantarse, pensaron los altos mandos de Demie.

Había una cama y equipo médico a un lado. La señal del monitor informaba de los latidos, constantes, de esa persona, tumbada, y aparentemente tapada bajo una fina manta. La oscuridad asfixiaba el último rincón de esas podridas paredes, que tenían mucho que contar. Olía a muerte, olía a salvajismo, olía a brutalidad.

Se acercó más al cuerpo oculto, aquel que descansaba sobre la cama.

<<Dios…>> El pecho del presidente se sobrecogió al ver quien había.

El rostro de un hombro medio quemado, de aspecto agónico, y con distintas heridas, algunas curadas y otras llenas de pus, infectadas por un mal trato. Los labios, hinchados, partidos, mostraban una sonrisa grotesca, como la de un payaso loco. El cabello no era más que ínfimos hilos oscuros, retorcidos por el fuego. No tuvo más remedio que sentir compasión por ese hombre. Al menos estaba vivo, pensó el presidente.

Un brazo cayó de la cama. Le faltaban dos dedos. El resto de la extremidad estaba medio destrozada, hecha jirones en algunos recovecos, pero su procedencia era indudable: Un uniforme militar. Intentó alzarse hacia Sombra.

-¿Eres tú?-La voz del soldado se alzaba trémula, apagada, agónica, en el lenguaje de Demie- ¿Eres tú, Dios?

¿Dios? ¿Porqué buscaba a Dios?

-Dios… ¿eres tú?-siguió el hombre- Dios, mátame, por favor. No me abandones…-empezó a llorar, si es que le quedaban lágrimas- Por favor… mátame…

De pronto la puerta se abrió. Dos hombres, llageets, vestidos con el uniforme militar de su orden, abrigos largos y de un azul oscuro tenebroso, abrochado desde el cuello hasta la cintura con distintos símbolos religiosos. El primero de ellos media más de dos metros y medio. Le faltaba una oreja, y su rostro decía que también compasión y piedad. El segundo, más bajo incluso que el vidhuman, de un aspecto noble realzado por unas gafas redondas, llevaba las manos hacia atrás, y parecía estar reflexionando.

-El rey nos ha dicho que tenemos nueve minutos-dijo el bajito.

-¿Nada más? Todo por culpa de ese estúpido humano que le come el coño a su hija…-empezaron la conversación en un perfecto llageetiano.

-Un respeto a tu rey. Y menos chachara.

-Claro…-entonces miró al soldado tumbado, y dijo en demiano con pronunciado acento- ¿Vas a decirnos hoy a dónde habéis llevado a la hija de nuestro rey?

El hombre empezó a llorar desconsoladamente. Sus lagrimones recorrían sus mejillas con alarmante celeridad: querían huir de esa bestia gigante.

-No lo sé… lo juro…-gimió desconsolado.

-Ya, claro-Apartó la manta.

El cuerpo del soldado tumbado estaba completamente destrozado. Las piernas las tenía fuera de su sitio, como colgando, al igual que los pies. La otra mano carecía de dedos, y no estaba vendada, a duras penas curada. El vientre, desnudo, estaba dibujado por muchos cortes profundos. El pequeño se acercó, y conjuró un pequeño hechizo con la mano derecha. La uña del dedo índice creció varios centimetros. Con ella señaló el cuerpo del moribundo por enésima vez, añadiendo:

-Cien.-Y realizó otro corte en su barriga- Terminalo.

-¿Dónde está?-inquirió con violencia el grande. La cámara enfoco su brazo derecho justo cuando este ardía, y se alzaba. El moribundo dijo no.-Te voy a dar otra oportunidad. No nos mientas, nos has mentido muchas veces, y te ha salido caro. Les gritaste a tus camaradas unas ordenes, por lo tanto debes saber el destino, el punto de encuentro, o algo. Sin embargo, has preferido mantener la boca cerrada. Habla.

-…N… no sé… na…¡Aaaagh!-Antes de terminar de hablar recibió un contundente puñetazo ardiente sobre el pecho. Retorció el puño lo suficiente como para dejar una grotesca quemadura, una señal en carne viva. El hechizo de fuego se apagó.

-Cuan antes me lo digas, antes terminará todo.

El gesto del soldado moribundo gimiendo, llorando, y diciendo lentamente y temblando “no” fue demasiado triste, demasiado emocional. La cámara parecía estar violando una intimidad íntegra, de esas por las que luchas toda tu vida, de esas repletas de una soledad armoniosa, por lo tanto, la apartó y fijó el objetivo hacia la oscuridad. Otro golpe llegó hasta ellos, acompañado por el restallar de huesos rotos.

-Lo mataste-prosiguió el gigante-, mataste a mi hijo. Pero a ti te espera algo peor que la muerte si no dices nada. Mira…

-No… deja ese dedo…-gemía el torturado.

-¿Qué lo deje? Esto es culpa tuya.

-Estaba hechizado, no era consciente de lo que decía. Tenéis que creerme, por Dios…

Entonces intervino el bajo.

-Eso es incorrecto. No encontramos rastros de animer circulando por tu sangre. Por si no lo sabías, un hechizo tan poderoso como ese necesita ser llevado a cabo por un hechicero de excelente categoría, y dejaría un rastro de animer quemado por tu sangre que duraría semanas. Y no hemos encontrado nada de eso.

-Os digo… os digo la verdad…-titubeó quejumbrosamente- Deja ese dedo, por favor…

-Basas tus días en mentir y tus segundos en llorar.-Volvió a tomar la palabra el gigante- Enfrentate a tus miedos, y dime la verdad.

-Esa es toda la verdad…

-Entonces…-El sonido de una navaja siendo desenfundando fue tan contundente que casi podían notarla- Sentirás como me quedo con este amiguito poco a poco-la voz del soldado moribundo no era más que una mezcla de lamentos, gritos estertoreos de dolor-, ¿notas como el filo de mi fiel compañera separa tu amistad llenándolo todo de un rojo carmesí, hermoso y refrescante para la vista? ¿Notas como te degüella poco a poco de la libertad de moverte un poco más? ¿Sientes la melodía hermosa de la muerte? Oooooh… ya está… ¿lo ves? ¿Ves tu hermoso dedo? ¡¡HE DICHO QUE LO MIRES!! Así me gusta, veo que me haces caso, y eso me agrada. ¿Te crees un héroe? Estúpido… Los héroes no existen.

-Le paro la hemorragia y nos vamos-dijo el bajito en llageetiano-. Apartate.

La cámara volvió a fijarse en la acción principal. Tras varios movimientos de manos, quedó petrificado con el puño cerrado y el peñique apuntando a la amputación recién hecha, por la cual salía sangre a borbotones. Sin más, como cerrando el grifo, el baño carmesí fue cesando. Minutos después, nada manaba de la herida.

-Ya está, dentro de dos minutos vendrán a anestesiarle para que no grite por la mañana. Vámonos, ya lo taparán.

Entonces salieron por la puerta, no sin antes despedirse el gigante con otro puñetazo. Un tornado había caído sobre el cuerpo de un hombre que no recordaba nada, y los cientos de objetos llevados por el aire habían hecho mella en él. Así durante muchisimos días… Una tortura, un tormento…

-Tenemos menos de dos minutos. Debes ayudarme-saltó Sombra, acercándose al hombre y tocandole el hombro-. Soy un amigo, enviado por Demie. Necesito tu ayuda.

-…Prometeme que me ayudarás tú a mi… No puedo soportar más esto, por favor.

-Si me ayudas, te mataré, lo juro.-el moribundo asintió como pudo-. ¿Es cierto que no recuerdas nada?

-Recuerdo estar en mi casa, y por último aquí, nada más… lo juro, lo juro…

-Tranquilo, no pasa nada. ¿Cuál es tu nombre?

-Boile… Boile Nuimem.

-Muchas gracias, has sido de ayuda.

El soldado dibujó una agradable sonrisa, por fin iba a morir.

-Gracias…

-No agradezcas tanto.-El rostro del hombre cambió de repente-. Voy a borrar estos dos ultimos minutos para que no recuerdes nada de nada.

-Me lo juraste…

-Juré que te mataría, pero no que lo haría hoy. Todavía puedes ser de ayuda…

Entonces, se acabó la retransmisión.


Capítulo 9 (2)

Agosto 13, 2008

 

El consejero en asuntos exteriores se preparo, como la última vez, para traducir todo aquello que fuera necesario.

El primero de ellos fue una imagen tímida y borrosa de un pasillo aústero, seguramente la casa del vidhuman. El sonido de una puerta abriéndose les llegó tan claramente como una diminuta brillantez en lo más alto del video, sobre el límite. Entonces se cortó.

-¿Conclusiones?-preguntó el presidente.

-Está siendo espiado, observado por si demuestra algún comportamiento extraño-opinó el consejero en milicia tras alzar la mano.

-¿No puede ser que ya sospechen de él?-Quiso saber el consejero en cultura.

-Si fuera así, créame: No habría mandado ningún video más.-Intervino de nuevo el consejero en milicia-. Los llageets no se andan con rodeos, si dudan de alguien los mandan a dar un paseito y después los convierten en ceniza.

El resto corroboró tal opinión, y decidieron que tal video era tan solo para informar sobre las cámaras. Probablemente, algo, o alguien más, le seguiría la pista en otro momento.

En el segundo se veía todo oscuro. No le convendría sacar la cartera, pensaron más tarde.

-Perdone la ausencia de mi hija para la cena. Está descansando en su cuarto a causa de una enfermedad-era la voz de Kilena, afable y descansada.

-No hay nada que perdonar. Le deseo lo mejor a su hija, espero que se recupere pronto-dijo el vidhuman.

-Muchas gracias, es usted muy amable.

Ahí acabó.

Juzgaron que tal video era solo para contemplar la reacción del rey acerca de su hija, secretamente secuestrada.

Si el tercero no contenía información interesante, tal reunión no habría valido la pena. Cerca de una hora de charla para básicamente nada: información que sabían o intuían. De todos modos el último video empezó señalando un reloj en la pared donde se dejaba ver la fecha y la hora: Justo ayer, les comunicó el consejero en asuntos exteriores, pues los meses tenían distinta duración y nombres en el país de los llageets. Después de eso, una corta conversación.

-Agradézcale de nuevo al rey que me permita descansar aquí, en una de sus habitaciones-Era el vidhuman.

-Sus gracias llegarán al monarca, que le recuerda que mañana debe estar en pie a las 6 de la mañana para orar con su familia. Además, no debe salir de aquí dentro de quince minutos-esta voz era completamente desconocida, pero por sus palabras quedaba claro que era una sirvienta- Buenas noches.

-Buenas noches.

La puerta se cerró. Tranquilamente el vidhuman ordenó sus cosas para después sentarse en la cama, dejar la cámara a un lado, y comenzar a desvestirse. Estaba muy oscuro. El espía había dejado a la íntima luz de la noche como única linterna. Los muebles solo se dejaban observar a medias, mezcla de clásica cultura llageets con modernidad inmediata, pero nada fuera de lo común. De pronto, la imagen se centró en un punto, brillante, rojo, minúsculo. Lo vigilaban, pensaron. Dejó la cartera donde antes, y entonces comenzaron a ver una de las hazañas más complicadas jamás realizadas.

Con una mano, la oculta a la cámara de vigilancia, realizó distintas posturas hechicericas. A pesar de ser complicadas, la capacidad con la que unía una con otra sin fallar, hizo que todos los de la mesa quedaran estupefactos, con la boca abierto y deseosos, más tarde, de analizar cada uno de los movimientos.

Paró. No ocurrió nada.

Tras mirarse unos a otros durante unos segundos, los dedos del vidhuman volvieron a moverse, con la misma exactitud, pero con un hechizo diferente. El consejero en milicia saltó y exclamó:

-Va a realizar el hechizo de reflejo de sombra… ¡Está loco, las cámaras lo grabarán!

Según tenía entendido el presidente, tal hechizo alejaba toda luz de él, y de los objetos que tocasen su piel y ningún foco visual podía captarlo, ni siquiera el de las cámaras. Que alguien desaparezca de repente sí podía ser capturado, por lo que no entendían tal descuido.

Efectivamente, el vidhuman desapareció como si nada, pero se levantó, cartera en mano, y poco a poco se fue acercándo a la puerta. La cámara de vigilancia no enfocaba en esta última dirección, por lo tanto fue sencillo salir de allí. Antes, el espía había vuelto a dejar de piedra a los altos cargos de Demie al mostrar como, sobre la cama, seguía estando el inofensivo y buen humano Teulem Dulesso, echado sobre la cama, con los ojos cerrados.

-¿Qué es eso?-preguntó el presidente.

Nadie contestó. Nadie lo sabía. Sin duda, era efectivo.

Tal habitación quedó atrás, en el olvido. El pasillo oscuro, de decoración mezcla de lo moderno y lo antiguo, se extendía ante él casi a límites insospechados. Caminó casi de puntillas procurando hacer el menor ruido posible. Era un verdadero especialista en el género de la infiltración, como una serpiente en el método del engaño. Antes de doblar una esquina vigiló que no hubiera nadie, pegándose a la pared y observando lígeramente el nuevo camino. Todo despejado. Sombra, el espía, no titubeaba. Sus pasos iban decididos hacia un lugar, nadie le impediría abordar su objetivo.

Iba a subir una escalera cuando de pronto una sirvienta la bajó apresurada llevando varias toallas sobre ella. No podían verle, pero sí sentirle. Pegó su espalda a la pared de la escalera y allí quedó. Por desgracia, el destino de la sirvienta no era otro que una puerta situada a su derecha. Ésta se abría en su dirección, por lo que el vidhuman se apartó antes de ser aplastado, chocando con una mesa, haciéndo que tambaleara. La sirvienta dio un paso atrás y miró justo en su dirección, justo donde estaba la cámara. Se acercó unos centimetros… y se metió en la habitación, cerrando tras de sí, desapareciendo, como los sueños, como las pesadillas… Subió las escaleras, dobló al final de un pasillo, recorrió el siguiente y miró a su izquierda. Nada. No tardó mucho hasta acercarse a una puerta sin nada en especial. Se detuvo unos segundos, y la abrió.

El sonido palpitante de una terminal médica, pi pi pi, se dejaba intuir. La voz del vidhuman, susurrándole a la cámara ciertas palabras fue lo que más les petrificó:

-Esta es la habitación de la hija pequeña.


Capítulo 9 (1)

Agosto 12, 2008

 

A un volumen moderado, el más puro y hermoso jazz inundaba el despacho, como un perfume sensual despierta los sentidos de un joven enamoradizo. El presidente de Demie se dejaba embriagar por este torrente de sentimientos, por esa trompeta, por el piano, por el bajo… Durante minutos, el estrés se apagaba, como el calor en el desierto al caer la noche.

Toc, toc, toc.

Y la llama del deber volvió a encenderse.

-Puede pasar-concedió el mandatario.

El consejero en asuntos interiores hizo su aparición en el despacho personal del presidente. Un rincón aústero y clásico, pero lleno de información que probablemente jamás nadie utilizaría: leyes olvidadas, clásicos gastados, poesías prohibidas, o palabras que nunca debieron de ser dichas ocupaban las estanterías y los armarios alrededor del pequeño escritorio del presidente. Sobre todo esto destacaban los cuatro altavoces colocados en puntos musicalmente estratégicos.

-Buena música.

-Nunca será tan buena como tus noticias. A ver que me traes.

El presidente se levantó de su asiento aunque, incluso así, el consejero le sacaba dos cabezas. Tomó los papeles que el trajeado humano le traía, y comenzó a leerlos.

-Presidente, tenemos que hacer varias cosas antes.

Levantó con lentitud la mirada, clavándola fíjamente en los ojos oscuros del humano. Parecían estar a la misma altura. No… El mandatario parecía más alto, mucho más.

-Hazme un resumen de lo que hay aquí y habla.

-Ahí tiene el programa electoral de la oposición. Elgod quiere ponernos las cosas difíciles, pero todas las encuestas dicen que volveremos a ganar, sobretodo con el programa que tenemos preparado, pues he propuesto, tras hablarlo con el consejero de economía, una bajada en los impuestos.

El presidente dibujó una sonrisa. ¡Al fin! Una buena noticia tras muchos días de estrés, papeleo y… el vidhuman. Sin embargo, bajo ningún concepto debía bajar la guardia, pues los problemas vendrían tarde o temprano, y mejor estar preparado a lamentarse más tarde.

-No quiero contentar a nadie solo con eso.

-¡Será por cosas! Esto es, creo yo, de lo más importante-aseguró el consejero entre risas.

-Eso lo decidirá la prensa. ¿No hay nada más?

El humano se detuvo en seco, con la mano alzada y su boca entreabierta, con intenciones de decir algo. Relajó su cuerpo, cerró los ojos, y tras un segundo el presidente supo que debía prepararse para lo peor.

-El vidhuman nos ha mandado nuevos videos. Nadie los ha abierto.

El mandatario dejó los papeles sobre el escritorio, y tras asentir se dirigió directamente hacia la puerta, seguido del consejero en asuntos interiores.

Todavía recordaba los videos de hace una semana y media. Tres en total, en donde el vidhuman dejaba ver alguna de sus acciones. En el primero conocía accidentalmente, o al menos de forma aparente, a la hija mayor de Kilenay, y establecían una agradable contestación. En el segundo volvía a estar con ella, en la cama, proponiéndole que conociera a su familia, pero el vidhuman se negó, un inteligente movimiento.

-¿Has hablado algo de esto con tu hermana?

-¿Con mi hermana? ¡Nunca! Creo que nunca ha estado con un hombre, además de que lleva enferma casi un mes. Hay gente entrando y saliendo de su dormitorio todos los días, salvo por la noche.

-¿Qué enfermedad tiene?

-No lo sé. Creo que es una de esas que las tienes una vez y después tu cuerpo se vuelve inmune a ella. Dicen que no la he padecido, y que a mi edad es peligrosa.

El presidente no dudo en cuanto a la efectividad de tales preguntas, sin embargo, ¿no estaba yendo muy rápido? El siguiente video afirmó tal cuestión: Se mostraba al vidhuman rodeado de policías y hablando con el propio Kilenay, que le proponía un puesto de ministro, nadie sabe porqué, y poco después apareció la hija.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué estás interrogando a mi novio, padre?

El rey parecía extremadamente sorprendido.

-Lo siento, su majestad, soy Teolem Dulesso- y se inclinó-. Siento haberle ocultado esto, pero no era necesario para nuestra charla. Quizás hubiera empeorado las cosas.

-Tranquilo, no pasa nada-titubeó el rey-. Estoy cansado, e iba a decirte que podías marchar, pero esto no puede quedar así, como comprenderá.-Kilenay no esperaba una respuesta-. ¿Puede venir mañana al caer el sol para cenar con nosotros?

-Sería todo un honor.

Y ahí acabó el video.

Los videos daban información a medias, y parecían demasiado preparados, demasiado perfectos. ¿Se estaba burlando de él? Si era así, se mofaba de toda una nación, y eso no podía consentirlo. Cuando surgían estos recuerdos a su mente, no tenía más remedio sino enfadarse y preguntarse si había hecho bien.

De nuevo en la enorme sala rectangular, casi pura, con todos los consejeros rodeando la mesa, las malas noticias y sensaciones descansaban a flor de piel. Como siempre, el mandatario hizo un recordatorio de todo lo acaecido en los últimos días. Tras unos minutos, estaban preparados para nueva información.

El consejero en milicia fue quien primero tomó la palabra.

-Sombra nos ha vuelto a enviar tres videos, el primero y el segundo no llegan a los treinta segundos, pero el tercero es el más largo, llegando a ocupar novecientos seis segundos. Aún no han sido visionados.

-Adelante, proyectadlos.


Capítulo 8

Agosto 11, 2008

 

Podría parecer extraño que un hombre como yo estuviese aquí, en un taburete, en la barra de un bar, esperando a que una mujer venga y me seduzca. Así, a primeras, suena apetecible, ¿verdad? No lo es tanto si ya sabías que te iban a cautivar, y menos si sabes a donde te va a llevar: A la espesura, donde seres malignos salen a darme órdenes.

Lo que quiero decir es que semana tras semana finjo que ligo con alguien, y que ese alguien me lleva a su apartamento, o a alguna parte, y entonces veo a esos chicos con máscara, con sus ideas estúpidas, y esa fe ciega en sí mismos. Me dan miedo.

Pero… ¿qué me asusta más? ¿Sus ideales, o lo que puedan hacerme?

Una vez oí algo de un hombre con una máscara, cuyos ideales le hacían inmortal, porque todo él eran ideales.

Cojo la copa y me llevo a los labios. Siento como el alcohol refresca mi cuello, mezclándolo con una sensación burbujeante. El cristal descansa sobre la barra, al igual que mi mirada triste y desgarbada.

-Hermosa noche, ¿verdad?-me dice una mujer sentándose a mi lado.

No sé si es hermosa, si está maquillada, si su mirada invoca al cielo, o si es una diosa de las sensaciones afrodisíacas, pero sé que no me importa, sé que quiero salir de aquí y terminar la tarea de hoy lo antes posible. Sé que quiero llegar a casa y descansar junto a mi…

-No tengo ganas de tonterías, vayámonos-no separo la mirada de la barra.

A la chica le pilla desprevenida mi acción, por lo que tarda en contestar.

-Vale. Vamos.

La veo marchar, y la sigo como si fuera su perrito, dispuesto a hacer lo que me digan. Simplemente, tengo muchos dueños. ¡Guau, guau!

Me pregunto por el camino, ¿porqué los acepto? ¿No debería rebelarme? Esta banda, Dios, la sociedad, me oprime no me deja disfrutar como es debido, ¡me impide respirar! A eso se debe que cada uno de mis pasos sean cortos, sean débiles, sean inútiles.

Ella no me mira. Es como si no estuviera ahí, como si sus manos no cogieran el volante, ni levantara el pie del embrague para dirigirme poco a poco al siguiente punto de mi destino, calibrado perfectamente, como una carrera. Aunque no soy más que un punto muerto.

Las oscuras calles de la ciudad de Demie, con sus gigantescas estructuras, su desconocida gente, su extraña religión, llena mi mentalidad de preguntas. Me duele la cabeza. ¿Serán las gigantescas siluetas que decoran el cielo? ¿Serán los miles de rostros que deseo pero desconozco? ¿Será la fe que me abandona por momentos?

Bajo la ventanilla, y asomo un poco la cabeza. Necesito aire fresco, necesito algo de vida. Mi cabello danza pasional con cada ráfaga de aire, cierro los ojos y dibujo una sonrisa: Soy un niño, y por eso me engañan, me manipulan, me hacen creer en lo imposible… Soy un niño, y me encanta. ¿Acaso no somos todos niños de alguien? ¿Acaso no todos somos engañados, manipulados, y creídos de lo imposible hasta el día en que nuestra esencia se convierta en polvo, en ese momento en el que los llantos y las lamentaciones forman un réquiem, y nos convertimos en pasto de una fosa común a pesar de haber sido de los más grandes?

¿Cuál es el nombre de esa fosa común? Un día lo escuche, un día creí escucharlo. Rezo para poder recordarlo.

-Ya hemos llegado, sígueme hasta el interior.

No soy consciente de como hemos llegado hasta esa callejuela oscura. A mi espalda se extienden metros de baldosa que acaban en el mundo que todos conocemos. Frente a mi, apenas a seis pasos, una puerta metálica se convierte en mi objetivo. Así me lo señala ella. Me deja entrar primero. Titubeo. Asomo la cabeza y miro para los lados, que se extiende tanto a derecha como a la izquierda. Pero a mi lado siniestro compruebo un recorte anaranjado, cálido, y cómodo. Afino el resto de mis sentidos y un aroma a moras llega a mi olfato, mientras música clásica deleita mis sentidos.

Imagino que dentro hay un señorito, ataviado con su bata, soñando con su amada. Cómo me gustaría que fuera atormentado por un cuervo. Cómo me gustaría ser ese cuervo.

Me acerco al foco de mi atención, y veo con claridad una puerta.

-Puedes pasar-me dice la voz del líder de la banda desde el interior.

Oigo como la chica cierra la puerta del exterior y entra casi a la misma vez que yo.

Dentro se me despliega una imagen muy inusual. Las paredes están cubiertas de estanterías y armarios donde descansan miles de libros, la mayoría de ellos hablan de héroes bravos, o bibliografías de conquistadores, o de bondadosos pacifistas. El suelo está oculto, solo puedo ver una alfombra clásica, y rica en detalles, pero algo estropeada por el paso del tiempo. Hay un sillón giratorio en el centro de la sala, de cuero oscuro. Me da la espalda, no puedo verle. Pero sí la chimenea que crepita como triunfadora. Sobre ella, un equipo de música despliega una melodía que me invita a acomodarme.

Pero no puedo, me es imposible…

La chica se acerca a él, se agacha, y le susurra algo al oído. Segundos después la chica sale por donde hemos entrado, y cierra tras de sí con delicadeza.

-No debería haber roto el plan de reunión. Tal plan está realizado para que se sospeche lo menos posible de nosotros. Con tus osadías, tus alardes de orgullo, puedes condenarnos-replica el líder. No debe llevar la máscara, su voz no suena tan amortiguada. ¡Mierda! No hay ningún espejo ni niguna superficie reflectante que me deje ver su cara. Maldito sea…

-Lo siento-me disculpo-, no volverá a pasar. Es la tensión que me supone todo esto. Lo siento de veras.

Además de la situación actual de mi matrimonio, yendo a la deriva por un mundo cuyo fin no es más que un cumulo de supersticiones. ¿Son el conjunto de supersticiones una religión? ¿En este caso la mía? No creo…

-Deberías confiar más en nuestra cuasa-me azuza con sus palabras.- Te sorprendería saber quien está de nuestro lado.

Pero hay más, muchos más, al otro, con altas murallas y peligrosas catapultas protegiéndoles, además de poderosos hechiceros e inteligentes ingenieros dispuestos a hacernos picadillo. Vosotros sois muy pequeños, minúsculos.

-Lo intentaré.

-Tarde o temprano lo harás. Pero no te hemos traído aquí para echarte ninguna bronca, y menos para pedirte más de lo que nos puedas ofrecer. Nuestra intención es otra: Necesitamos que nos hagas un favor.

La suavidad de sus palabras pretende engañarme, haciéndome creer que tal favor es una nimiedad, algo necesario, algo que podría hacer cualquiera. ¿Estará haciendo algún hechizo para dominarme? No, imposible. De ser así, estaríamos rodeados de policías en un santiamén. Además, no deseo que me vean aquí. En el fondo me conviene que se sepa la verdad, pues muchos ahora me miran como si estuviera loco, como si hubiera perdido la razón. He oído rumores, referentes a internet, sobre una página web basada en mi locura. No importa, si quieren pensar que estoy loco, adelante. ¿Ética? No, imagen, aquella que mira al mundo, aquel caparazón que todos creen conocer, pero pocos merecen penetrar en él.

-¿Qué favor?-suelto sin temor.

-No noto el miedo en tu voz, ¿pero eres un loco o un héroe? En el fondo son lo mismo, pero continuémos. Debes entregar una carta a unos chicos universitarios.

-¿Nada más?

-Nada más. Además, no te harán ningún daño, tranquilo.

Siempre logra leer mis pensamientos.

-¿Cómo puedes asegurarlo? ¿De qué trata la carta?

-No dudes de mis promesas. Son tan ciertas como que el día es día y la noche es noche. En cuanto a la carta… en fin… si quieres puedes leerla, pero bajo tu completa responsabilidad.

-¿Y qué gano yo?

-Un mundo mejor.

Un puñado de críos con máscaras de dioses… Nunca conseguirán cambiar el mundo. Sí acaso a peor. Medito durante seis segundos, pues llego a una simple conclusión: ¿tengo otra alternativa?

-De acuerdo, lo haré.

-Gracias, lo creas o no, te estaremos muy agradecidos. 28 te acercará al bar, pero antes te dará un sobre con las instrucciónes, y por supuesto la carta.

-Entonces… ¿puedo marcharme?

-Sí, justo por donde has venido.

Ni una palabra más. Abandono ese infierno de lujos y páginas viejas con una amarga sensación. Algo me sobrecoge el pecho. Es horrible, pero siento como si fuera necesario, como si de alguna forma me ayudara. El corazón me late al ritmo del “Último Día”, aquel en el que mundo llegará a su fin…

…un fin horrible…

 

 

-Cariño, ya he llegado.

Cierro la puerta de casa tras de mí, y me dirijo rápidamente a mi sala de estudio, donde suelo escribir, leer, y navegar por la red. Escondo entre dos libros, uno de tapas verdes llamado irrealidad, y otro de tapas rojas llamado realidad, el sobre con todos los datos de mi “misión”. Todavía recuerdo a la joven dándomelo con frialdad, y yo temblando, pensando que jamás había cogido nada tan pesado.

-Hola corazón-me dice mi mujer, dando dos golpes sobre la puerta de la habitaicón, sin entrar. No debe entrar en mi santuario sin mi permiso.

Todo está en orden, según veo.

-Puedes pasar, cariño.

-¿Qué tal te ha ido el día? Hoy has vuelto a llegar tarde- Se limpiaba las manos con un trapo de cocina. Noto en ese momento el dulce sabor de una cena bien hecha.

-Pues sí. El jefe ha vuelto a echarme la bronca por lo de mis articulos-contesto mientras enciendo la pantalla del ordenador y observo el programa P2P y sus descargas.- No le gusta que invente esas cosas. El ayuntamiento podría expedientarnos.

-¿Y no te amenaza con echarte?

-No. Al parecer-vuelvo a mirarla, y me voy acercando poco a poco a ella- estamos vendiendo más desde que escribo eso.- Le doi un beso y salgo a la cocina, comprobando antes la cara de perplejidad dibujada por mi esposa.- ¿Qué hay de cena?

-¿Mejorado?

-Sí. No de una manera increíble, pero demasiado como para no echarme. La polémica atrae el público supongo. O eso, o el mundo está loco.

Y todo eso es cierto en parte. El jefe solo me ha retenido cinco minutos para felicitarme y que siguiera así. En un principio tomó mis nuevos articulos con desagrado, pero conforme los días discurrían todo iba a mejor. Pronto mi columna será rellenada por más palabras fantasiosas y sin sentido… sesenta segundos después iba rumbo al bar, como tantas otras veces.

Aparentemente, la relación con mi mujer sigue viento en popa. Imágenes y mentiras propuestas por nuestras mentes. En realidad cada día va de mal en peor. Soy un Sagrado devoto, y aunque cometo errores, un hombre no puede yacer con su mujer si ésta no puede entregarle vástago. Dios no lo consiente. Desde la noticia de que era esteril, nuestra relación se ha ido enfriando como una botella de agua hasta los bordes dentro de un congelador, enfriándose, dispuesta a explotar en cualquier momento.

Durante la cena hablamos de detalles más minuciosos de nuestro día, y disfrutamos con ello, pero no tanto como antes. Imagino una de esas canciones tristes, melancólicas, recorriendo cada una de nuestras frases sin dejarlas escapar. La comida sabía a amargura, a sabiendas de que lo había cocinado a la perfección. Ninguno de los dos queríamos comer. Ninguno de los dos queríamos estar allí. Ninguno de los dos queríamos seguir así. Tarde o temprano, esta agonía anclará en un puerto o en otro, y la canción sonada entonces será de hielo o de fuego.

Me tranquilizo al llegar a mi sala de estudio. Saco el sobre de su escondrijo, y me siento sobre una silla de cuero giratoria demasiado cómoda, haciéndome sentir un ataque de somnolencia demasiado agresivo. Giro sobre mi mismo para, como siempre, concentrarme. Durante unos segundos soy un planeta de dudosa utilidad.

Lo abro antes de ser atacado por el miedo. Dentro hay tres fotos, un sobre pequeño, y un folio mecanografiado con el siguiente mensaje:

 

<<Su misión será sencilla: Entréguele mañana este sobre a uno de los tres muchachos que encontrará en la facultad de informática de Demie sobre las dos de la tarde, en la cafetería. No conteste a ninguna de sus preguntas, ni se entretenga en nada más. Deben estar los tres.

El músdoto responde al nombre de Andor.

El humano con rostro de bravucón responde al nombre de Tenoz.

El humano regordete responde al nombre de Meinvem.

Procure estar a esa hora en ese lugar, es de vital importancia para nosotros y para el bien de la vida y la libertad en este nuestro mundo. Muchas gracias, le estaremos eternamente agradecidos.>>

 

Termino de leer y observo hasta el más mínimo detalle las fotos. Son de tamaño carnét, pero se muestran todos los detalles exquisitamente. Deben haber sido descargadas desde la red, seguramente alguna página a la que subas tu curriculum, con su debida fotografía. Los problemas son sencillos si sabes resolverlos, si no te perderás en la inconsciencia y la amargura.

Repaso las instrucciones varias veces más preguntándome si estos chicos estarán allí a esas horas. Enciendo mi monitor y busco los horarios de informática. Al parecer las clases terminan a las dos menos cuarto de la tarde, pero muchos cursos deben entrar de nuevo a las cuatro de la tarde, por lo que no les conviene irse. Parece lógico… Suspiro. No parece muy complicado. Apago la pantalla y me enfrento a mi siguiente enemigo: el sobre. Según veo, está abierto. Dentro hay otro folio cuyas palabras no consigo discernir, pero sí intuir. ¿Querrán que lo lea? De ser así, ¿por qué? ¿Cuáles son sus intenciones para conmigo? ¿Soy solo el pregonero o algo más? Prefiero no pensarlo, pues cuando caigan, y caerán, yo estaré abajo, esperando los escombros.

Vuelvo a esconderlo todo, y salgo de allí agobiado, débil. Me apoyo en la pared e intento disfrutar cada una de las caladas de aire. Necesito oxigeno. El oxígeno coloca, oí una vez.

Todo está a oscuras, mi mujer está en la cama, tapada con la una gruesa manta, con la tele encendida, viéndo una de esas absurdas y repetitivas series de la noche. Voy a dormir. Tanto mi mente como mi cuerpo deben descansar, o por lo menos a mi me pesa la conciencia, como le dolerían los huesos a un albañil tras un duro día de faena.

Me pongo el pijama y ocupo la parte derecha de la cama, esa que siempre ha sido mía, dándole la espalda a mi esposa. Cierro los ojos y susurro:

-Buenas noches.

Transcurrido un breve tiempo, mi mujer se gira hacia mí y me abraza. Una extraña sensación recorre todo mi cuerpo al comprobar que está desnuda. Sus pechos rozan mi espalda, y sus piernas, suaves, se entrelazan con las mías. Fuego y ansiedad se concentran en mi cuerpo, haciéndome soltar un débil gemido al notar sus finos dedos rozando mi sexo, deseoso de acción.

Ella no me dice nada, si lo hace comenzarán las dudas, dudas que no deben ahogar este momento. Me dejo. Si quiere atacar, me dejaré, como el estúpido suicida que no encuentra escapatoria.

Sus manos hacen que mi espalda mire al suelo, su boca le dice a mi cuerpo que jamás ha sentido nada tan maravilloso. Mi esposa comienza a gemir en cuanto mis dedos deciden empezar a gratificarla, se retuerce aún más de placer al rozarse el pecho izquierdo con varios dedos, mientras le pido sin palabras le pido que no pare.

Pero algo sucede. Como un flash, pasando delante mía a toda velocidad. Me detengo, y ella lo nota, sin embargo no ceja en su empeño de congratularme. Se aparta, se abre de piernas,y yace frente a mi. Nuestros sexos empiezan a rozarse, lo noto, y me encanta. Para rematar la faena, mi mujer decide enarbolar mi pene erecto para después meterlo dentro de ella. Sus piernas, y en definitiva sus caderas, se bambolean a una velocidad, al principio tímida, pero después hermosa e increiblemente excitante. Sus pechos, moviéndose al mismo compás, me invitan a devorarlos.

No puedo, ya es demasiado tarde.

Esa imagen débil pero contundente son mis construmbres, mi vida, mi religión, pero sobre todo mi misión. La única palabra que conseguí distinguir de la carta a entregar fue una:

Secuestrada.

Me vuelve a faltar el aire. Aparto a mi mujer de encima con suavidad. Contemplo sus lágrimas recorriendo con frialdad su dulce y hermoso rostro.

-Esto no está bien-le digo.

Me levanto, me subo los pantalones, me dirijo a mi sala de estudios, y vuelvo a sopesar la carta. Me siento, dejándome abrazar por el cuero, mi único compañero esta noche. La luna está hermosa hoy, y yo no la deseo. ¿Qué ocurre?

Vuelvo a leer mis intrucciones, incidiéndo en una parte:

<<…para el bien de la vida y la libertad…>>

-¿Qué no está bien?-pregunto a las estrellas antes de dormirme.


Vuelvo, y a lo grande.

Agosto 11, 2008

Pues sí, después de mucho tiempo vuelvo a postear un capítulo completo. Además, a partir de ahora postearé cada día un trozo de cada capítulo, y procuraré ir a buen ritmo. Añado que cada día visitaré más de un blog para ver que podéis contarme.

Muchas gracias a todos ^^


Capítulo 7

Mayo 16, 2008

 

Genyam tenía la ligera impresión de que esa noche era demasiado oscura. ¿Sería una señal? ¿Una advertencia? Prefería no pensar en esas cosas mientras hablaba con Caleb a las afueras del “Fuego Amigo”, un bar donde, media hora más tarde, el grupo de Tenoz y Andor daría un pequeño concierto. Todavía recordaba al humano, corriendo hacia ella casi una semana antes gritándole:

-¡Concierto en el Fuego Amigo! No faltes ni de coña.

-¿Cuando es?-preguntó algo aturdida.

-Dentro de solo seis días.

-¿Tan pronto?

-Pues sí-afirmó Tenoz con una sonrisa, brillando su mirada de alegría-. Hasta a mí me ha sorprendido, pero es lo que hay. Me largo a avisar a más gente.

Y seis días después allí se encontraba, en la entrada, esperando a otros amigos y compañeros de clase. Para pasar el rato, se pusieron a hablar.

-Caleb, ¿es la primera vez que vienes a verlos?

-No, la segunda. Pero hace mucho tiempo ya, espero que hayan mejorado-rieron disimuladamente unos segundos-. Además, me pilla fuera de época de exámenes, no como el de dentro de cinco meses.

-Pues sí, la verdad. No sé como se atreven a formar una banda si están estudiando. Quizás deberían centrarse en eso, y después disfrutar todo lo posible.

-Gy, su vida no es tan larga como la tuya, recuerdalo. Ellos quieren vivir el día a día, y aunque para ti parezca una locura, para ellos es un sueño.

-Pretender ser estrellas del rock es…-se consternó la eliona.

-Una locura. Que sí, si yo entiendo tu punto de vista. Pero en ocasiones es mejor no quitar la inocencia a los niños, ¿no crees?

Genyam estaba demasiado nerviosa y arisca. Asintió tras recapacitar.

-¿Y tú cuantas los has escuchado?-preguntó el humano, cambiando de tema.

-Ya ni me acuerdo, son tantas… pero no me gustan mucho.

-¿No te gusta el metal?

-¡Claro que no!-Saltó la eliona, como si fuese evidente la respuesta.

-La señorita prefiere las típicas canciones de amor-dijo Meinvem con ironía, apareciendo tras ellos, respaldado por más gente vestida de forma semejante: ropa oscura, en cuyas camisetas se divisaba la portada de un disco de un grupo de música metal.

El recién llegado saludó a Caleb y entró junto a su gente. La eliona y el humano le siguieron, pues poco faltaría para empezar.

No era la primera vez que Genyam entraba al Fuego Amigo, hogar de roqueros, heavys, y demás, adornado con póster, escudos de armas y semejantes objetos.

Sin embargo, la eliona estaba más atenta al reloj que a todo lo que le rodeaba.

-SÍ, SÍ, PROBANDO, SÍII, PROBANDO, POLLOS, NO…-gritaba Tenoz desde lo alto del improvisado escenario.

Ya había pasado una semana desde aquella vez que se encontró con Ilian. ¡Esa noche era la del encuentro! Había planeado salir de allí nada más comenzara el concierto, con el móvil apagado, y siendo lo más sigilosa posible, para así volver justo cuando acabase. Si la policía le perseguí, y conseguía escapar, tendría una coartada.

-SÍ, PIRuletas, pollos… perfecto-juzgó el humano.

La banda no era conocida, pero ese día tuvieron suerte y estaba casi a rebosar. Eso también la beneficiaba a ella.

-Y uno, dos, tres, ¡seis!

Las dos guitarras sonaron con fuerza, y después con veloz pericia. Un segundo después se les unió el bajo, y por último el batería. La voz de Tenoz terminó de afinar el conjunto.

Un conjunto que no escucharía. Un conjunto convertido en susurro mientras en los sentidos de la eliona, mientras se alejaba, y alejaba, y alejaba…

Y pronto, no era nada.

Pero no debía correr. No debían verla con prisas. No debía ir ni en autobús ni en coche, debía ser más disimulada. No debía caminar por la luz, no debía dejarse ver.

Así contempló las zonas más oscuras de la gigantesca Demie. Sintió curiosidad, remordimiento, miedo…

Miedo llevaba sintiéndolo desde hace una semana. Un miedo frío, casi húmedo, recorriéndole la espalda. Un miedo astuto, que le hacía dudar de su sombra. Un miedo que le hacía temblar la mirada cuando sus pies pisaban las calles más inhóspitas de la poderosa ciudad.

Un miedo amigo, un miedo sabio, que hacía pensar.

La puerta metálica entreabierta del aparcamiento era la señal que necesitaba para saber que podía entrar, y que allí dentro estaba su amigo. O alguien que la esperaba… Miró su reloj. Menos cinco. Consideró correcto entrar y buscar a quien quiera que allí dentro había.

Se le erizó el bello cuando la puerta crujió al moverla.

Sus sentidos servían a priori de muy poco allí dentro. La umbra era casi total. Sus dedos, acariciando los pilares que separaban una plaza de otra, servían de guía.

Poc, poc, poc

Apunto estuvo de gritar al escuchar los golpes. Se convirtió en piedra hasta que su valor consiguió vencer, y sus pasos se dirigieron hacia donde su oído le informaba. Avanzó unos pasos, buscó entre la espesa oscuridad a la que poco a poco iba haciendo suya.

POC, POC, POC

Estaba cada vez más cerca.

Una luz apareció, haciéndola reaccionar. Falsa alarma. La luz de un coche se había colado por una de las ventanas.

Caminó según recordaba, apoyándose un poco en su intuición. Miró a la derecha. Nada. Miró a la izquierda, y vio una figura. Enclenque y débil la definían. ¡Con lo que había sido Ilian! ¿Era Ilian?

-Hola, pequeñaja.

Era él. Su voz, y como la había llamado le identificaban. Un par de lágrimas dibujaron tristeza y esperanza en su rostro.

-Hola-susurró la eliona tímidamente.

-Escucha atentamente. Debes investigar. Busca tus leyendas en edificios grandes, comprendelas. Siento que mi lenguaje sea… raro, pero lo comprenderás. Tarde o temprano…- su voz sonaba ronca, seca, improvista de pasión, sin llegar a ser fría.- Solo hay tiempo para tres preguntas. Rápido.

Todo estaba ocurriendo demasiado rápido. ¿Qué venía a significar su mensaje? ¿De qué leyendas hablaba? No. Debía encaminar sus pensamientos hacia otros menesteres.

-¿Mataste a Lain?

-No responderé a esa pregunta. Rápido, te quedan dos.

Estuvo a punto de soltar “¿por qué no?”, pero recapacitó. No podía perder tiempo. La situación era seria, no podía permitirse ningún fallo. Entonces recordó…

-¿Lo hizo o ayudó una mujer?

Genyam juraría haber visto una sonrisa en el rostro marchito de su amigo.

-La respuesta es larga. No hay tiempo. Una más.

Sintió como un puñal de sensaciones le atravesaba el corazón. Se sintió traicionada. ¿Y si sólo estaba jugando con ella? ¿Y si pretendía culparla? Debía confiar en él. Quería confiar en él.

-¿Alguna de esas leyendas responderá mis preguntas?

Asintió. Alzó el rostro, como escuchando un sonido lejano, y salió corriendo, dejando a la eliona sola, llena de dudas.

Ilian, a lo lejos, parecía una sombra.

Genyam miró a los lados, aturdida, buscando la salida. Caminó justo en el sentido contrario en el que su amigo había huido, pero estaba segura de que era por allí. Pronto, la suave luz de una farola lejana le dio la razón.

Pisó el asfalto como quien respira libertad. No miró a ninguna parte, solo fijó en su memoria el camino de vuelta, y se dedicó a caminar.

<<¿Leyendas? ¿A qué se refería? Hay muchas historias, y muchas leyendas. Incluso el resto de las religiones, para los eliones, es una leyenda. No entiendo nada, no sé si estoy haciendo bien las cosas… me duele la cabeza.>>

Se detuvo. Enarboló el móvil, lo encendió, y marcó dos número. Tras varios segundos un tercero. El dedo se detuvo, inquieto, sobre la tecla de llamada. ¿Debía llamar?

No, todavía no.

Una sirena de policía sonó sin previo aviso. Se dirigió todo lo rápida que pudo a un callejón, y allí se quedó, esperando. Temblaba. ¿Sería el frío o el miedo? ¿Sería el incesante e intermitente ruido acariciándola cada vez más y más? ¿Serían las figuras de más hombres apostados entre las sombras, durmiendo entre cartones y sabanas rasgadas?

Se acercó el bolso al pecho. La presión hizo que varias lágrimas se derramaran. Sus ojos eran llanto. Y la policía no hacía más que acercarse, tanto, que decidió levantarse y esconderse tras un cubo de basura. Allí estaría más segura. Sí… estaba casi segura…

Deseó que alguien la rescatara. Caleb, Ilian, Lain…, quien fuera. Pero no apareció nadie. Los héroes no existen. En ese momento, solo los enemigos.

-…capado el individuo. Repito, se nos ha escapado el individuo. Se dirigía a la calle Fad Medi Almest, pero debe estar escondido…-

Había escuchado lo que decía la policía por la radio en ese momento, salvo unas últimas palabras que no consiguió oír. Estaban a la boca del callejón. Genyam abrió los ojos, sorprendida. ¿Hablaban de Ilian? Sí, seguro que sí. Pero, ¿la buscaban a ella?

El sonido que hizo la puerta del coche abriéndose despejó cualquier duda. La seguían, y debía huir de allí. Miró un segundo. Era un humano, vestido con pantalones oscuros y camisa gris. Una placa colgada a la derecha de la segunda prenda le identificaban como policía.

-Señorita, por favor, salga con las manos sobre la espalda.

<<Miedo frío que le recorría la espalda…>>,le recordó su subconsciente.<<Estás perdida.>>

Entonces, perdida la esperanza, recordó a su amigo Lain, y comprendió que no podía abandonarlo.

<<Habría justicia.>>

Corrió y corrió hacia el otro lado.

El policía le gritó, y el quemar de ruedas sobre el asfalto le dijo que el coche quería cortarle el paso. El primer agente corrió tras ella, pero cuando estuvo a punto de alcanzarla, se tropezó con un vagabundo que descansaba allí. El accidentado gritó de ira, y Genyam notó como una gran fuente de calor se acercaba a ella. Se agachó justo a tiempo para esquivar una bola de fuego que chocó contra el coche de policía que quería impedirle el paso. Más concretamente en la ventanilla del conductor, atravesándola y dejándolo inconsciente.

La eliona aprovechó la oportunidad para escapar. Saltó sobre el vehículo, cruzó la calle, y al ver que algunos vecinos estaban interesados en lo que pasaba, recorrió otro callejón, y otro, y otro… Así hasta un quinto, entonces cayó exhausta bajo el peso de la fatiga.

Ya no había ruidos, ni sirenas, ni voces, nada. Recorrió con tranquilidad el último callejón, vigilando sus pasos. Cogió el móvil. Tenía una llamada perdida de Caleb. Suspiró, y siguió adelante.

Estaba casi fuera.

-Hola, preciosa.

A un paso de salir, unas manos robustas y fuerte, le aferraron el rostro y la cintura. No podía hablar, no podía escapar. Estaba atrapada. Luchó con todas sus fuerzas. El bolso cayó, y con él todo lo que iba dentro. No podía más estaba mareada. Iba a perder el conocimiento.

Antes de caer desmayada por el shock pudo ver el rostro de su secuestrador. No había rostro, era solo una máscara, con un número.

 


Pequeño Descanso.

Abril 30, 2008

Aprovecho que he terminado el capítulo 6 para descansar una semanita o dos de esta historia. Seguiré escribiendo “Épica de un nuevo mundo”, pero no lo colgaré hasta que no tengo bastantes más cosas escritas. Quizás abra una nueva “sección” donde cuelgue relatos cortos relacionados con este mundo.

Quería agradeceros todas esas visitas y esos mensajes que me dejáis. Me alegra que os guste la historia, o al menos eso espero. Toda crítica es necesaria, aunque sea completamente destructiva. Tengo 19 años, y seguiré siendo joven y aprendiendo hasta que muera.

Muchas gracias a todos.

Un saludo, Yuste.


Capítulo 6 (2)

Abril 29, 2008

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Como todos los demás, se retiró.

¿Qué debía hacer ahora el rey? Formuló la misma cuestión que tantas veces había repetido, con cierto sabor a duda paseando por su paladar. Cuando el cuarto se aproximó, seguía con la mente volcada en el anterior contrincante, en las palabras que se habían convertido en una respuesta a una pregunta muda, en una respuesta a la duda. Casi perdió el combate, por lo que se exigió concentración a sí mismo. Dudaba que hubiese un sexto combate, y si lo había, barajaría la frase del humano.

Por cierto, su habla no parecía extranjera.

El quinto no parecía más temible que los demás, pero el cansancio le nublaba la vista y le mermaba las fuerzas. Aunque no lo suficiente como para caer derrotado. No lo suficiente para perder el control.

Esta victoria le supo a gloria, y mientras su oponente se marchaba, soñó con una cama de plumas, aire acondicionado, y los dedos perfectos y profesionales de alguna fisioterapeuta su espalda.

Repitió la maldita pregunta.

<<No dejes que la mano derecha del sexto le roce. Ataque a distancia, y vencerá rápido.>>

Miró a los lados, sin observar, esperando con cautela al siguiente. Al parecer, no había siguiente.

Alguien dio un paso adelante. Al parecer, se equivocaba.

El monarca supuso que ese día pasaría a la historia como aquel en el que los combates no acababan, como aquel en el que un humano se había enfrentado a un llageet en su propio. Ya se imaginaba los titulares de las noticias de esa noche y de la prensa.

El dilema ahora era seguir o no el consejo del humano. Para ello, preparó una pequeña trampa.

Dejó que su oponente atacase primero. Como sospechaba, su mano derecha era la encargada de repartir la mayoría de los golpes. Al contraatacar con un gran número de rápidas patadas, algo inusual en el kedetaa, su contrincante parecía tener la intención de agarrarle con las falanges diestras.

El monarca retrocedió, sin sospecha alguna. Esperó a que su oponente se acercara, y cuando lo hizo, cayó de espaldas. Antes de tocar el suelo, bajo la mirada atónita de miles de personas, usó los brazos para impulsarse, y con los pies por delante, en forma de lanza, le golpeó en los brazos, y le derribó.

No era un movimiento del kedetaa, por lo que sería muy criticado, si eso le había salvado la vida, no le importaba.

-Su majestad, ¿me ayuda a levantarme? Creo que me he roto algo…-gimió el derribado.

Parecía una de esas pesadillas de nunca acabar, cuando vio el brazo derecho extendido hacia él.

-Que alguien le ayude-exclamó el rey tras un momento de reflexión-. Yo estoy exhausto, y debo reservar mis fuerzas.

Varios se acercaron, pero para entonces el hombre ya se había levantado solo sin la ayuda de nadie. Se retiró bajo la mirada mortífera de su mandatario. De no ser por el cansancio, habría jurado que maldijo en voz baja a alguien mientras se alejaba…

Formuló la pregunta de nuevo. Rezó a Dios en silencio. Sintió el frío sudor recorriendo su sobrecalentado cuerpo. Tuvo miedo en secreto.

Nadie apareció.

Se dieron por concluidos los enfrentamientos cuando el rey alzó el puño izquierdo, triunfador. Cientos de gritos de jubilo y alegría recorrieron la zona con estrepitosa fuerza, y los bailes, bajo el sol abrasador, estallaron.

Se respiraba felicidad.

No así cerca de Kilenay.

-Su majestad, no debió propinarle esa patada a su último oponente. Ciertos cargos altos de la iglesia están algo mosqueados-le informó su ministro en asuntos interiores.

-Tengo mis motivos. De hecho, quiero que persigan a ese hombre, y al humano.

-Pero, señor…

-Hazlo, por favor.

El ministro cogió su móvil e hizo una llamada. Segundos después una decena de policías hicieron acto de presencia, pues habían venido volando desde el cielo. Sus uniformes, verde oscuro, les identificaban como hombres muy cualificados. Se apartaron de la multitud y se refugiaron en el palacio, donde las gruesas paredes enceguecían la música y los cantos.

-Por orden del rey, buscaréis al humano y al ultimo combatiente, y los traeréis-ordenó el ministro.

-Permiso para hablar-dijo el policía que encabezaba el pequeño escuadrón.

-Concedido.

-Al humano ya le tenemos localizado. Sin embargo, ese último no. ¿Por qué se persigue a uno de los nuestros?

-Porque así lo ordena el rey-contestó el propio monarca-. Traédmelos por separado en cuanto los tengáis. Cuidado con la mano derecha del llageet, que no es toque.

Los policías asintieron. Varios criados abrieron la puerta, y tras usar el hechizo de levitación salieron todo lo rápido que pudieron.

-¿Ha ocurrido algo, su majestad?

Kilenay suspiró.

-Que el mundo está loco. Lo asumimos, lo sabemos, y no hacemos nada por evitarlo. Somos como perros, encerrados, obligados a vivir bajo las normas de una familia, con una correa y un collar que no nos guste, y un nombre que posiblemente odiemos. Pero lo respetamos. ¿Sabe el motivo?

-No, su majestad.

-Porque nos da miedo lo que hay más allá de lo que nuestros ojos ven. Creemos que lo que hagan los demás es lo correcto, porque nos asusta la soledad, y si cae uno, caemos todos… un todo triste, ineficaz, e innecesario, pero con alguien a tu lado que comparte tu dolor. ¿Sabe porqué la mayoría de mis ministros son ahora extranjeros?

-No muy bien, su majestad-el ministro en asuntos interiores era de los pocos llageets que tenía un cargo nombrado por el monarca.

-Porque aportan otro punto de vista. Son diferentes culturas, diferentes pensamientos. Así, mis islas gozan de riqueza.

Las puertas se abrieron para dejar paso a un policía y al humano. Este último tenía los brazos echados hacia atrás, y un gesto de dolor permitía adivinar que el hechizo de parálisis le había dejado las extremidades en una mala posición.

-Aquí lo tiene, su majestad.

-Puede marcharse, por orden del rey, pero antes cancela el hechizo.

El policía asintió y obedeció. El humano se miró las manos, y las movió un poco con la intención de desentumecerlas.

-¿Contestará a todas las preguntas que le haga su rey?-soltó el monarca la oración que debía recitar cuando hablase con gente sospechosa. En ese momento pensó que, quizás, no era su rey.

-Sí, su majestad-tal respuesta resolvió la duda.

-¿Cómo supiste lo de ese hombre?

-Simple suerte, su majestad. Escuché a uno de los combatientes hablando por el móvil con otro, y le dijo sobre lo que yo más tarde le prevendría.

El ministro mantenía los sentidos agudizados, bastante sorprendido con lo que se desarrollaba ante él.

-¿Cómo puedo saber si no eres uno más?

-No sé si podrá, su majestad. Deberá preguntarle al resto de implicados, y buscar pruebas.

-Eres un humano astuto.

-Crecí en un país lleno de astucia.

-¿En dónde creciste?

-Nací en Demie, pero crecí aquí, su majestad. Me fui de nuevo a Demie para estudiar. Vine hace varias semanas, pues mi madre está muriendo por una enfermedad, y yo soy el último que le queda.

-Lo siento.

-Gracias.

-¿Por cuánto tiempo estará aquí?-a la mente de Kilenay le vinieron otras curiosidad.

-Probablemente, me quede aquí por lo que me queda de vida si encuentro un buen trabajo.

Entonces, el rey, sin dudarlo lo más mínimo, preguntó:

-¿Querrías ser ministro?

El ministro y el humano quedaron petrificados. No comprendían que Kilenay buscaba una respuesta, y no otorgar ningún cargo. Al menos por ahora.

-Lo siento, pero no, su majestad. Demasiada responsabilidad para un humano que ha venido tras estar tanto tiempo fuera. No sería justo.

-Entiendo-esa era justo la respuesta que necesitaba.

De repente, se abrió la puerta del exterior.

-¡Hija mía!-exclamó el monarca, contemplando a su hija pequeña acercándose.

Su cabello viajó con su grácil cuerpo hasta donde tenía lugar la conversación, y sin más, exclamó:

-¿Qué ocurre? ¿Por qué estás interrogando a mi novio, padre?

Esta vez fue el propio rey quien se sorprendió.

-Lo siento, su majestad. Soy Teolem Dulesso.


Capítulo 6 (1)

Abril 28, 2008

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El sol estaba a punto de ponerse, y miles de ojos contemplaban la luminosa esfera ofuscándose tras las Torres de los Perdidos, lugar donde tiempo atrás los llageets morían bajo el yugo de sus amos. Muy pocos se atreven a entrar. Uno de esos valientes era Kilenay Liopjik, el rey de las Islas de los Gigantes.

Pero hoy no se debía pensar en otra cosa que no fuese la festividad de la Jineiai, o Tributo a la Paz, donde varios llageets, elegidos por su majestad, peleaban para demostrar que poseían el control sobre su emociones. No era una pelea violenta, era más bien una demostración de las dotes de cada contendiente en el espléndido, enérgico y pausado arte marcial de la Kedetaa, una antigua traición de los sensibles llageets, para hallar “el silencio”, un hogar cercano a Dios – un Dios distinto de los sagrados. Este arte marcial se encontraba descrito en “El arte del Silencio”, libro que, según contaba, fue parido por la paciencia y sapiencia de la deidad, y ahora descansaba una copia sobre los pies cruzados del rey.

La piel levemente azulada estaba siendo recorrida por surcos de sudor sobre los cuerpos de los asistentes.

Pronto le tocaría a él. Pronto tendría que pelear, y demostrarle a su pueblo que merece seguir siendo rey. Kilenay, sin embargo, no estaba pendiente de su combate. Divagaciones acerca de su hija, de su país, y de su religión cobraban vida en una mente que perdía el autocontrol varios segundos cada día. Como monarca, no podía permitírselo.

Sentado a escasos metros del tatami donde tenía lugar la pelea, rodeado por miles de voces, lejanas pero expectantes, entonando una plegaria, se unió, con su poderoso tono, a ellos.

Tal hecho indicaba que poco a poco la batalla iba acabando, que debían dar lo mejor de sí mismos pues, cuando el rey callase, los golpes, las florituras, el combate, acabaría. No tardó en ocurrir tal hecho. Entonces los combatientes se detuvieron, se separaron, y se sentaron, uno enfrente del otro, con las piernas cruzadas, y las manos entrelazadas. A los segundos, tras recibir la ovación del público, se levantaron y se perdieron entre la multitud.

Kilenay, en el centro del tatami, miró a todas partes, sin observar ninguna, y exclamó:

-¿Quién es aquel que se atreve a enfrentarse al monarca?

La tradición lo pedía así. Normalmente solo uno o dos valientes se atrevían a enfrentarse al rey en una batalla en la que el primero cuya espalda tocase el suelo, perdería. Últimamente, muchos habían sido aquellos, más de cinco en los últimos años. Kilenay llegaba exhausto a los últimos, y le rezó a su Dios para poder vencerlos.

El primero fue un chico joven, seguro de sí mismo, con un físico impresionante. Se movía con gran precisión. Demasiada precisión, demasiado mecánico, demasiado previsible.

-¿Quién es aquel que se atreve a enfrentarse al monarca?

El segundo era un hombre de su edad, con mucha experiencia, pero no con la suficiente. No fallaba, no había descuidos en sus ataques, y eso hizo que el combate fuera largo. Por un golpe de astucia, el rey venció.

-¿Quién es aquel que se atreve a enfrentarse al monarca?

Entre la multitud surgió un tercero, cuyo aspecto le dejó desconcertado no solo a él, sino a todos los presentes.

<<¿Un humano?>>, pensó el monarca. << Si un humano pretende luchar contra mí, es que algo extraño pasa>>.

Parecía fuerte y enérgico, pero era mucho más bajo que él. Una barba oscura y un cabello largo ocultaban su rostro. Su mirada derrochaba seguridad. El rey sintió la necesidad de hacerle varias preguntas, pero no podía.

La batalla comenzó con un baile de dudas, y la plegaria de combate por la paz de fondo. El humano controlaba bastante bien el arte marcial, y no era para nada previsible, aunque demasiado lento. Ejecutaba perfectamente las defensas, y eso le hacía seguir de pie. Así estuvieron durante decenas de minutos, hasta que el rey le hizo una llave a su contrincante. Entonces…

-No deje que la mano derecha del sexto le roce. Ataque a distancia, y vencerá rápido.

Y el humano fue derrotado.