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Como todos los demás, se retiró.
¿Qué debía hacer ahora el rey? Formuló la misma cuestión que tantas veces había repetido, con cierto sabor a duda paseando por su paladar. Cuando el cuarto se aproximó, seguía con la mente volcada en el anterior contrincante, en las palabras que se habían convertido en una respuesta a una pregunta muda, en una respuesta a la duda. Casi perdió el combate, por lo que se exigió concentración a sí mismo. Dudaba que hubiese un sexto combate, y si lo había, barajaría la frase del humano.
Por cierto, su habla no parecía extranjera.
El quinto no parecía más temible que los demás, pero el cansancio le nublaba la vista y le mermaba las fuerzas. Aunque no lo suficiente como para caer derrotado. No lo suficiente para perder el control.
Esta victoria le supo a gloria, y mientras su oponente se marchaba, soñó con una cama de plumas, aire acondicionado, y los dedos perfectos y profesionales de alguna fisioterapeuta su espalda.
Repitió la maldita pregunta.
<<No dejes que la mano derecha del sexto le roce. Ataque a distancia, y vencerá rápido.>>
Miró a los lados, sin observar, esperando con cautela al siguiente. Al parecer, no había siguiente.
Alguien dio un paso adelante. Al parecer, se equivocaba.
El monarca supuso que ese día pasaría a la historia como aquel en el que los combates no acababan, como aquel en el que un humano se había enfrentado a un llageet en su propio. Ya se imaginaba los titulares de las noticias de esa noche y de la prensa.
El dilema ahora era seguir o no el consejo del humano. Para ello, preparó una pequeña trampa.
Dejó que su oponente atacase primero. Como sospechaba, su mano derecha era la encargada de repartir la mayoría de los golpes. Al contraatacar con un gran número de rápidas patadas, algo inusual en el kedetaa, su contrincante parecía tener la intención de agarrarle con las falanges diestras.
El monarca retrocedió, sin sospecha alguna. Esperó a que su oponente se acercara, y cuando lo hizo, cayó de espaldas. Antes de tocar el suelo, bajo la mirada atónita de miles de personas, usó los brazos para impulsarse, y con los pies por delante, en forma de lanza, le golpeó en los brazos, y le derribó.
No era un movimiento del kedetaa, por lo que sería muy criticado, si eso le había salvado la vida, no le importaba.
-Su majestad, ¿me ayuda a levantarme? Creo que me he roto algo…-gimió el derribado.
Parecía una de esas pesadillas de nunca acabar, cuando vio el brazo derecho extendido hacia él.
-Que alguien le ayude-exclamó el rey tras un momento de reflexión-. Yo estoy exhausto, y debo reservar mis fuerzas.
Varios se acercaron, pero para entonces el hombre ya se había levantado solo sin la ayuda de nadie. Se retiró bajo la mirada mortífera de su mandatario. De no ser por el cansancio, habría jurado que maldijo en voz baja a alguien mientras se alejaba…
Formuló la pregunta de nuevo. Rezó a Dios en silencio. Sintió el frío sudor recorriendo su sobrecalentado cuerpo. Tuvo miedo en secreto.
Nadie apareció.
Se dieron por concluidos los enfrentamientos cuando el rey alzó el puño izquierdo, triunfador. Cientos de gritos de jubilo y alegría recorrieron la zona con estrepitosa fuerza, y los bailes, bajo el sol abrasador, estallaron.
Se respiraba felicidad.
No así cerca de Kilenay.
-Su majestad, no debió propinarle esa patada a su último oponente. Ciertos cargos altos de la iglesia están algo mosqueados-le informó su ministro en asuntos interiores.
-Tengo mis motivos. De hecho, quiero que persigan a ese hombre, y al humano.
-Pero, señor…
-Hazlo, por favor.
El ministro cogió su móvil e hizo una llamada. Segundos después una decena de policías hicieron acto de presencia, pues habían venido volando desde el cielo. Sus uniformes, verde oscuro, les identificaban como hombres muy cualificados. Se apartaron de la multitud y se refugiaron en el palacio, donde las gruesas paredes enceguecían la música y los cantos.
-Por orden del rey, buscaréis al humano y al ultimo combatiente, y los traeréis-ordenó el ministro.
-Permiso para hablar-dijo el policía que encabezaba el pequeño escuadrón.
-Concedido.
-Al humano ya le tenemos localizado. Sin embargo, ese último no. ¿Por qué se persigue a uno de los nuestros?
-Porque así lo ordena el rey-contestó el propio monarca-. Traédmelos por separado en cuanto los tengáis. Cuidado con la mano derecha del llageet, que no es toque.
Los policías asintieron. Varios criados abrieron la puerta, y tras usar el hechizo de levitación salieron todo lo rápido que pudieron.
-¿Ha ocurrido algo, su majestad?
Kilenay suspiró.
-Que el mundo está loco. Lo asumimos, lo sabemos, y no hacemos nada por evitarlo. Somos como perros, encerrados, obligados a vivir bajo las normas de una familia, con una correa y un collar que no nos guste, y un nombre que posiblemente odiemos. Pero lo respetamos. ¿Sabe el motivo?
-No, su majestad.
-Porque nos da miedo lo que hay más allá de lo que nuestros ojos ven. Creemos que lo que hagan los demás es lo correcto, porque nos asusta la soledad, y si cae uno, caemos todos… un todo triste, ineficaz, e innecesario, pero con alguien a tu lado que comparte tu dolor. ¿Sabe porqué la mayoría de mis ministros son ahora extranjeros?
-No muy bien, su majestad-el ministro en asuntos interiores era de los pocos llageets que tenía un cargo nombrado por el monarca.
-Porque aportan otro punto de vista. Son diferentes culturas, diferentes pensamientos. Así, mis islas gozan de riqueza.
Las puertas se abrieron para dejar paso a un policía y al humano. Este último tenía los brazos echados hacia atrás, y un gesto de dolor permitía adivinar que el hechizo de parálisis le había dejado las extremidades en una mala posición.
-Aquí lo tiene, su majestad.
-Puede marcharse, por orden del rey, pero antes cancela el hechizo.
El policía asintió y obedeció. El humano se miró las manos, y las movió un poco con la intención de desentumecerlas.
-¿Contestará a todas las preguntas que le haga su rey?-soltó el monarca la oración que debía recitar cuando hablase con gente sospechosa. En ese momento pensó que, quizás, no era su rey.
-Sí, su majestad-tal respuesta resolvió la duda.
-¿Cómo supiste lo de ese hombre?
-Simple suerte, su majestad. Escuché a uno de los combatientes hablando por el móvil con otro, y le dijo sobre lo que yo más tarde le prevendría.
El ministro mantenía los sentidos agudizados, bastante sorprendido con lo que se desarrollaba ante él.
-¿Cómo puedo saber si no eres uno más?
-No sé si podrá, su majestad. Deberá preguntarle al resto de implicados, y buscar pruebas.
-Eres un humano astuto.
-Crecí en un país lleno de astucia.
-¿En dónde creciste?
-Nací en Demie, pero crecí aquí, su majestad. Me fui de nuevo a Demie para estudiar. Vine hace varias semanas, pues mi madre está muriendo por una enfermedad, y yo soy el último que le queda.
-Lo siento.
-Gracias.
-¿Por cuánto tiempo estará aquí?-a la mente de Kilenay le vinieron otras curiosidad.
-Probablemente, me quede aquí por lo que me queda de vida si encuentro un buen trabajo.
Entonces, el rey, sin dudarlo lo más mínimo, preguntó:
-¿Querrías ser ministro?
El ministro y el humano quedaron petrificados. No comprendían que Kilenay buscaba una respuesta, y no otorgar ningún cargo. Al menos por ahora.
-Lo siento, pero no, su majestad. Demasiada responsabilidad para un humano que ha venido tras estar tanto tiempo fuera. No sería justo.
-Entiendo-esa era justo la respuesta que necesitaba.
De repente, se abrió la puerta del exterior.
-¡Hija mía!-exclamó el monarca, contemplando a su hija pequeña acercándose.
Su cabello viajó con su grácil cuerpo hasta donde tenía lugar la conversación, y sin más, exclamó:
-¿Qué ocurre? ¿Por qué estás interrogando a mi novio, padre?
Esta vez fue el propio rey quien se sorprendió.
-Lo siento, su majestad. Soy Teolem Dulesso.