Podría parecer extraño que un hombre como yo estuviese aquí, en un taburete, en la barra de un bar, esperando a que una mujer venga y me seduzca. Así, a primeras, suena apetecible, ¿verdad? No lo es tanto si ya sabías que te iban a cautivar, y menos si sabes a donde te va a llevar: A la espesura, donde seres malignos salen a darme órdenes.
Lo que quiero decir es que semana tras semana finjo que ligo con alguien, y que ese alguien me lleva a su apartamento, o a alguna parte, y entonces veo a esos chicos con máscara, con sus ideas estúpidas, y esa fe ciega en sí mismos. Me dan miedo.
Pero… ¿qué me asusta más? ¿Sus ideales, o lo que puedan hacerme?
Una vez oí algo de un hombre con una máscara, cuyos ideales le hacían inmortal, porque todo él eran ideales.
Cojo la copa y me llevo a los labios. Siento como el alcohol refresca mi cuello, mezclándolo con una sensación burbujeante. El cristal descansa sobre la barra, al igual que mi mirada triste y desgarbada.
-Hermosa noche, ¿verdad?-me dice una mujer sentándose a mi lado.
No sé si es hermosa, si está maquillada, si su mirada invoca al cielo, o si es una diosa de las sensaciones afrodisíacas, pero sé que no me importa, sé que quiero salir de aquí y terminar la tarea de hoy lo antes posible. Sé que quiero llegar a casa y descansar junto a mi…
-No tengo ganas de tonterías, vayámonos-no separo la mirada de la barra.
A la chica le pilla desprevenida mi acción, por lo que tarda en contestar.
-Vale. Vamos.
La veo marchar, y la sigo como si fuera su perrito, dispuesto a hacer lo que me digan. Simplemente, tengo muchos dueños. ¡Guau, guau!
Me pregunto por el camino, ¿porqué los acepto? ¿No debería rebelarme? Esta banda, Dios, la sociedad, me oprime no me deja disfrutar como es debido, ¡me impide respirar! A eso se debe que cada uno de mis pasos sean cortos, sean débiles, sean inútiles.
Ella no me mira. Es como si no estuviera ahí, como si sus manos no cogieran el volante, ni levantara el pie del embrague para dirigirme poco a poco al siguiente punto de mi destino, calibrado perfectamente, como una carrera. Aunque no soy más que un punto muerto.
Las oscuras calles de la ciudad de Demie, con sus gigantescas estructuras, su desconocida gente, su extraña religión, llena mi mentalidad de preguntas. Me duele la cabeza. ¿Serán las gigantescas siluetas que decoran el cielo? ¿Serán los miles de rostros que deseo pero desconozco? ¿Será la fe que me abandona por momentos?
Bajo la ventanilla, y asomo un poco la cabeza. Necesito aire fresco, necesito algo de vida. Mi cabello danza pasional con cada ráfaga de aire, cierro los ojos y dibujo una sonrisa: Soy un niño, y por eso me engañan, me manipulan, me hacen creer en lo imposible… Soy un niño, y me encanta. ¿Acaso no somos todos niños de alguien? ¿Acaso no todos somos engañados, manipulados, y creídos de lo imposible hasta el día en que nuestra esencia se convierta en polvo, en ese momento en el que los llantos y las lamentaciones forman un réquiem, y nos convertimos en pasto de una fosa común a pesar de haber sido de los más grandes?
¿Cuál es el nombre de esa fosa común? Un día lo escuche, un día creí escucharlo. Rezo para poder recordarlo.
-Ya hemos llegado, sígueme hasta el interior.
No soy consciente de como hemos llegado hasta esa callejuela oscura. A mi espalda se extienden metros de baldosa que acaban en el mundo que todos conocemos. Frente a mi, apenas a seis pasos, una puerta metálica se convierte en mi objetivo. Así me lo señala ella. Me deja entrar primero. Titubeo. Asomo la cabeza y miro para los lados, que se extiende tanto a derecha como a la izquierda. Pero a mi lado siniestro compruebo un recorte anaranjado, cálido, y cómodo. Afino el resto de mis sentidos y un aroma a moras llega a mi olfato, mientras música clásica deleita mis sentidos.
Imagino que dentro hay un señorito, ataviado con su bata, soñando con su amada. Cómo me gustaría que fuera atormentado por un cuervo. Cómo me gustaría ser ese cuervo.
Me acerco al foco de mi atención, y veo con claridad una puerta.
-Puedes pasar-me dice la voz del líder de la banda desde el interior.
Oigo como la chica cierra la puerta del exterior y entra casi a la misma vez que yo.
Dentro se me despliega una imagen muy inusual. Las paredes están cubiertas de estanterías y armarios donde descansan miles de libros, la mayoría de ellos hablan de héroes bravos, o bibliografías de conquistadores, o de bondadosos pacifistas. El suelo está oculto, solo puedo ver una alfombra clásica, y rica en detalles, pero algo estropeada por el paso del tiempo. Hay un sillón giratorio en el centro de la sala, de cuero oscuro. Me da la espalda, no puedo verle. Pero sí la chimenea que crepita como triunfadora. Sobre ella, un equipo de música despliega una melodía que me invita a acomodarme.
Pero no puedo, me es imposible…
La chica se acerca a él, se agacha, y le susurra algo al oído. Segundos después la chica sale por donde hemos entrado, y cierra tras de sí con delicadeza.
-No debería haber roto el plan de reunión. Tal plan está realizado para que se sospeche lo menos posible de nosotros. Con tus osadías, tus alardes de orgullo, puedes condenarnos-replica el líder. No debe llevar la máscara, su voz no suena tan amortiguada. ¡Mierda! No hay ningún espejo ni niguna superficie reflectante que me deje ver su cara. Maldito sea…
-Lo siento-me disculpo-, no volverá a pasar. Es la tensión que me supone todo esto. Lo siento de veras.
Además de la situación actual de mi matrimonio, yendo a la deriva por un mundo cuyo fin no es más que un cumulo de supersticiones. ¿Son el conjunto de supersticiones una religión? ¿En este caso la mía? No creo…
-Deberías confiar más en nuestra cuasa-me azuza con sus palabras.- Te sorprendería saber quien está de nuestro lado.
Pero hay más, muchos más, al otro, con altas murallas y peligrosas catapultas protegiéndoles, además de poderosos hechiceros e inteligentes ingenieros dispuestos a hacernos picadillo. Vosotros sois muy pequeños, minúsculos.
-Lo intentaré.
-Tarde o temprano lo harás. Pero no te hemos traído aquí para echarte ninguna bronca, y menos para pedirte más de lo que nos puedas ofrecer. Nuestra intención es otra: Necesitamos que nos hagas un favor.
La suavidad de sus palabras pretende engañarme, haciéndome creer que tal favor es una nimiedad, algo necesario, algo que podría hacer cualquiera. ¿Estará haciendo algún hechizo para dominarme? No, imposible. De ser así, estaríamos rodeados de policías en un santiamén. Además, no deseo que me vean aquí. En el fondo me conviene que se sepa la verdad, pues muchos ahora me miran como si estuviera loco, como si hubiera perdido la razón. He oído rumores, referentes a internet, sobre una página web basada en mi locura. No importa, si quieren pensar que estoy loco, adelante. ¿Ética? No, imagen, aquella que mira al mundo, aquel caparazón que todos creen conocer, pero pocos merecen penetrar en él.
-¿Qué favor?-suelto sin temor.
-No noto el miedo en tu voz, ¿pero eres un loco o un héroe? En el fondo son lo mismo, pero continuémos. Debes entregar una carta a unos chicos universitarios.
-¿Nada más?
-Nada más. Además, no te harán ningún daño, tranquilo.
Siempre logra leer mis pensamientos.
-¿Cómo puedes asegurarlo? ¿De qué trata la carta?
-No dudes de mis promesas. Son tan ciertas como que el día es día y la noche es noche. En cuanto a la carta… en fin… si quieres puedes leerla, pero bajo tu completa responsabilidad.
-¿Y qué gano yo?
-Un mundo mejor.
Un puñado de críos con máscaras de dioses… Nunca conseguirán cambiar el mundo. Sí acaso a peor. Medito durante seis segundos, pues llego a una simple conclusión: ¿tengo otra alternativa?
-De acuerdo, lo haré.
-Gracias, lo creas o no, te estaremos muy agradecidos. 28 te acercará al bar, pero antes te dará un sobre con las instrucciónes, y por supuesto la carta.
-Entonces… ¿puedo marcharme?
-Sí, justo por donde has venido.
Ni una palabra más. Abandono ese infierno de lujos y páginas viejas con una amarga sensación. Algo me sobrecoge el pecho. Es horrible, pero siento como si fuera necesario, como si de alguna forma me ayudara. El corazón me late al ritmo del “Último Día”, aquel en el que mundo llegará a su fin…
…un fin horrible…
-Cariño, ya he llegado.
Cierro la puerta de casa tras de mí, y me dirijo rápidamente a mi sala de estudio, donde suelo escribir, leer, y navegar por la red. Escondo entre dos libros, uno de tapas verdes llamado irrealidad, y otro de tapas rojas llamado realidad, el sobre con todos los datos de mi “misión”. Todavía recuerdo a la joven dándomelo con frialdad, y yo temblando, pensando que jamás había cogido nada tan pesado.
-Hola corazón-me dice mi mujer, dando dos golpes sobre la puerta de la habitaicón, sin entrar. No debe entrar en mi santuario sin mi permiso.
Todo está en orden, según veo.
-Puedes pasar, cariño.
-¿Qué tal te ha ido el día? Hoy has vuelto a llegar tarde- Se limpiaba las manos con un trapo de cocina. Noto en ese momento el dulce sabor de una cena bien hecha.
-Pues sí. El jefe ha vuelto a echarme la bronca por lo de mis articulos-contesto mientras enciendo la pantalla del ordenador y observo el programa P2P y sus descargas.- No le gusta que invente esas cosas. El ayuntamiento podría expedientarnos.
-¿Y no te amenaza con echarte?
-No. Al parecer-vuelvo a mirarla, y me voy acercando poco a poco a ella- estamos vendiendo más desde que escribo eso.- Le doi un beso y salgo a la cocina, comprobando antes la cara de perplejidad dibujada por mi esposa.- ¿Qué hay de cena?
-¿Mejorado?
-Sí. No de una manera increíble, pero demasiado como para no echarme. La polémica atrae el público supongo. O eso, o el mundo está loco.
Y todo eso es cierto en parte. El jefe solo me ha retenido cinco minutos para felicitarme y que siguiera así. En un principio tomó mis nuevos articulos con desagrado, pero conforme los días discurrían todo iba a mejor. Pronto mi columna será rellenada por más palabras fantasiosas y sin sentido… sesenta segundos después iba rumbo al bar, como tantas otras veces.
Aparentemente, la relación con mi mujer sigue viento en popa. Imágenes y mentiras propuestas por nuestras mentes. En realidad cada día va de mal en peor. Soy un Sagrado devoto, y aunque cometo errores, un hombre no puede yacer con su mujer si ésta no puede entregarle vástago. Dios no lo consiente. Desde la noticia de que era esteril, nuestra relación se ha ido enfriando como una botella de agua hasta los bordes dentro de un congelador, enfriándose, dispuesta a explotar en cualquier momento.
Durante la cena hablamos de detalles más minuciosos de nuestro día, y disfrutamos con ello, pero no tanto como antes. Imagino una de esas canciones tristes, melancólicas, recorriendo cada una de nuestras frases sin dejarlas escapar. La comida sabía a amargura, a sabiendas de que lo había cocinado a la perfección. Ninguno de los dos queríamos comer. Ninguno de los dos queríamos estar allí. Ninguno de los dos queríamos seguir así. Tarde o temprano, esta agonía anclará en un puerto o en otro, y la canción sonada entonces será de hielo o de fuego.
Me tranquilizo al llegar a mi sala de estudio. Saco el sobre de su escondrijo, y me siento sobre una silla de cuero giratoria demasiado cómoda, haciéndome sentir un ataque de somnolencia demasiado agresivo. Giro sobre mi mismo para, como siempre, concentrarme. Durante unos segundos soy un planeta de dudosa utilidad.
Lo abro antes de ser atacado por el miedo. Dentro hay tres fotos, un sobre pequeño, y un folio mecanografiado con el siguiente mensaje:
<<Su misión será sencilla: Entréguele mañana este sobre a uno de los tres muchachos que encontrará en la facultad de informática de Demie sobre las dos de la tarde, en la cafetería. No conteste a ninguna de sus preguntas, ni se entretenga en nada más. Deben estar los tres.
El músdoto responde al nombre de Andor.
El humano con rostro de bravucón responde al nombre de Tenoz.
El humano regordete responde al nombre de Meinvem.
Procure estar a esa hora en ese lugar, es de vital importancia para nosotros y para el bien de la vida y la libertad en este nuestro mundo. Muchas gracias, le estaremos eternamente agradecidos.>>
Termino de leer y observo hasta el más mínimo detalle las fotos. Son de tamaño carnét, pero se muestran todos los detalles exquisitamente. Deben haber sido descargadas desde la red, seguramente alguna página a la que subas tu curriculum, con su debida fotografía. Los problemas son sencillos si sabes resolverlos, si no te perderás en la inconsciencia y la amargura.
Repaso las instrucciones varias veces más preguntándome si estos chicos estarán allí a esas horas. Enciendo mi monitor y busco los horarios de informática. Al parecer las clases terminan a las dos menos cuarto de la tarde, pero muchos cursos deben entrar de nuevo a las cuatro de la tarde, por lo que no les conviene irse. Parece lógico… Suspiro. No parece muy complicado. Apago la pantalla y me enfrento a mi siguiente enemigo: el sobre. Según veo, está abierto. Dentro hay otro folio cuyas palabras no consigo discernir, pero sí intuir. ¿Querrán que lo lea? De ser así, ¿por qué? ¿Cuáles son sus intenciones para conmigo? ¿Soy solo el pregonero o algo más? Prefiero no pensarlo, pues cuando caigan, y caerán, yo estaré abajo, esperando los escombros.
Vuelvo a esconderlo todo, y salgo de allí agobiado, débil. Me apoyo en la pared e intento disfrutar cada una de las caladas de aire. Necesito oxigeno. El oxígeno coloca, oí una vez.
Todo está a oscuras, mi mujer está en la cama, tapada con la una gruesa manta, con la tele encendida, viéndo una de esas absurdas y repetitivas series de la noche. Voy a dormir. Tanto mi mente como mi cuerpo deben descansar, o por lo menos a mi me pesa la conciencia, como le dolerían los huesos a un albañil tras un duro día de faena.
Me pongo el pijama y ocupo la parte derecha de la cama, esa que siempre ha sido mía, dándole la espalda a mi esposa. Cierro los ojos y susurro:
-Buenas noches.
Transcurrido un breve tiempo, mi mujer se gira hacia mí y me abraza. Una extraña sensación recorre todo mi cuerpo al comprobar que está desnuda. Sus pechos rozan mi espalda, y sus piernas, suaves, se entrelazan con las mías. Fuego y ansiedad se concentran en mi cuerpo, haciéndome soltar un débil gemido al notar sus finos dedos rozando mi sexo, deseoso de acción.
Ella no me dice nada, si lo hace comenzarán las dudas, dudas que no deben ahogar este momento. Me dejo. Si quiere atacar, me dejaré, como el estúpido suicida que no encuentra escapatoria.
Sus manos hacen que mi espalda mire al suelo, su boca le dice a mi cuerpo que jamás ha sentido nada tan maravilloso. Mi esposa comienza a gemir en cuanto mis dedos deciden empezar a gratificarla, se retuerce aún más de placer al rozarse el pecho izquierdo con varios dedos, mientras le pido sin palabras le pido que no pare.
Pero algo sucede. Como un flash, pasando delante mía a toda velocidad. Me detengo, y ella lo nota, sin embargo no ceja en su empeño de congratularme. Se aparta, se abre de piernas,y yace frente a mi. Nuestros sexos empiezan a rozarse, lo noto, y me encanta. Para rematar la faena, mi mujer decide enarbolar mi pene erecto para después meterlo dentro de ella. Sus piernas, y en definitiva sus caderas, se bambolean a una velocidad, al principio tímida, pero después hermosa e increiblemente excitante. Sus pechos, moviéndose al mismo compás, me invitan a devorarlos.
No puedo, ya es demasiado tarde.
Esa imagen débil pero contundente son mis construmbres, mi vida, mi religión, pero sobre todo mi misión. La única palabra que conseguí distinguir de la carta a entregar fue una:
Secuestrada.
Me vuelve a faltar el aire. Aparto a mi mujer de encima con suavidad. Contemplo sus lágrimas recorriendo con frialdad su dulce y hermoso rostro.
-Esto no está bien-le digo.
Me levanto, me subo los pantalones, me dirijo a mi sala de estudios, y vuelvo a sopesar la carta. Me siento, dejándome abrazar por el cuero, mi único compañero esta noche. La luna está hermosa hoy, y yo no la deseo. ¿Qué ocurre?
Vuelvo a leer mis intrucciones, incidiéndo en una parte:
<<…para el bien de la vida y la libertad…>>
-¿Qué no está bien?-pregunto a las estrellas antes de dormirme.
Agosto 14, 2008 a las 12:03 am |
che, prometo sentarme a leer todo un día de estos. Pero estoy volviendo tarde todos los días y no me da la cabeza para leer más de 20 líneas seguidas. Lo bueno es que estés de vuelta.
sevemos